EDITORIAL - NADA ES PARA SIEMPRE...
Crónicas del Este 12/01/2024 Editorial
Leandro Secinaro
En ocasiones, es imperativo apartarse un poco de la esfera política y sumergirse en lo personal, en conocerse a uno mismo. Es por ello que hoy deseo compartir un fragmento de mi vida, hablar sobre aquel día en que la existencia me propinó un golpe tan contundente que me sacudió hasta el alma.
Era una tarde de junio; no retengo la fecha exacta, pues los humanos solemos enterrar en lo más profundo de nuestra memoria los momentos desagradables. Sin embargo, en el ambiente se percibía algo distinto, como si ese día estuviera destinado a desmarcarse del resto. Me encontraba en la casa de mis abuelos y decidí entrar a la habitación. Mi abuela había salido y mi abuelo dormitaba la siesta. Al despertar, lo hizo de manera peculiar: gesticulaba con las manos, movía los brazos, pero no podía articular palabra. Era evidente y alarmante; mis temores se confirmaron cuando llamamos al médico y este diagnosticó un ACV. Lo envolvieron rápidamente y se lo llevaron en la ambulancia, sin retorno.
Jamás había experimentado una sensación similar. Fue como si una parte de mí muriera en ese instante. Aunque todos enfrentamos pérdidas en la vida, ese acontecimiento marcó el despertar de un sueño. Me di cuenta de que no estaba viviendo, sino más bien soñando, y la vida me arrojó a la realidad en ese momento, recordándome que nada es eterno, como bien sugiere el nombre de esta editorial.
En medio del dolor, reflexioné sobre la transitoriedad de la existencia. Aprendí la importancia de apreciar a nuestros padres y abuelos, de vivir plenamente y compartir momentos con ellos. Entendí que nunca deberíamos juzgar ni reprochar, pues todos nos despediremos en algún momento, llevándonos lo mejor de cada individuo, la esencia más hermosa que han compartido con nosotros. En ese despertar forzoso, comprendí que la vida es efímera y que la verdadera riqueza está en valorar cada instante con aquellos que amamos.
Leandro Secinaro
En ocasiones, es imperativo apartarse un poco de la esfera política y sumergirse en lo personal, en conocerse a uno mismo. Es por ello que hoy deseo compartir un fragmento de mi vida, hablar sobre aquel día en que la existencia me propinó un golpe tan contundente que me sacudió hasta el alma.
Era una tarde de junio; no retengo la fecha exacta, pues los humanos solemos enterrar en lo más profundo de nuestra memoria los momentos desagradables. Sin embargo, en el ambiente se percibía algo distinto, como si ese día estuviera destinado a desmarcarse del resto. Me encontraba en la casa de mis abuelos y decidí entrar a la habitación. Mi abuela había salido y mi abuelo dormitaba la siesta. Al despertar, lo hizo de manera peculiar: gesticulaba con las manos, movía los brazos, pero no podía articular palabra. Era evidente y alarmante; mis temores se confirmaron cuando llamamos al médico y este diagnosticó un ACV. Lo envolvieron rápidamente y se lo llevaron en la ambulancia, sin retorno.
Jamás había experimentado una sensación similar. Fue como si una parte de mí muriera en ese instante. Aunque todos enfrentamos pérdidas en la vida, ese acontecimiento marcó el despertar de un sueño. Me di cuenta de que no estaba viviendo, sino más bien soñando, y la vida me arrojó a la realidad en ese momento, recordándome que nada es eterno, como bien sugiere el nombre de esta editorial.
En medio del dolor, reflexioné sobre la transitoriedad de la existencia. Aprendí la importancia de apreciar a nuestros padres y abuelos, de vivir plenamente y compartir momentos con ellos. Entendí que nunca deberíamos juzgar ni reprochar, pues todos nos despediremos en algún momento, llevándonos lo mejor de cada individuo, la esencia más hermosa que han compartido con nosotros. En ese despertar forzoso, comprendí que la vida es efímera y que la verdadera riqueza está en valorar cada instante con aquellos que amamos.
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